Nostalgia por los Mundiales

 

Una pared en las zonas turísticas céntricas de la Ciudad de México con una pinta recordando al revolucionario mexicano Emiliano Zapata y carteles anunciando un paro nacional de organizaciones sociales durante la inauguración del Mundial del 2026.

 

OPINIÓN | Antes de la codicia corporativa, el cinismo político y las zonas VIP, las copas de fútbol se sentían más cercanas. ¿Seguirá siendo de todos el fútbol?

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Texto y fotos por Rodrigo Cervantes, @RODCERVANTES

CIUDAD DE MÉXICO — Hace no mucho tiempo, la Copa del Mundo parecía una celebración más cercana a la gente. Las ciudades se convertían en enormes verbenas populares con residentes locales y turistas por igual. El festejo se percibía verdaderamente universal, siendo o no fanático del fútbol.  

Los que presenciamos otros mundiales en México, por ejemplo, recordaremos que los boletos eran accesibles. Hace unos días, el galardonado director Alejandro González Iñárritu comentaba cómo su padre pudo asistir al Mundial con recursos modestos

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La anécdota resume algo que muchos aficionados sienten hoy: una nostalgia que, más allá de los partidos memorables, recuerda una época en la que la experiencia estaba menos condicionada por la avaricia de los organizadores.

Pero esta será la Copa más cara en la historia. Los boletos cuestan el doble de lo que costaban en Catar 2022 y cuatro veces más que en Estados Unidos 1994, de acuerdo con The Economist. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino (sí, el mismo que le dio un “Premio de la Paz” a Donald Trump), cínicamente declaró que esperan generar el equivalente a 104 Supertazones. La gran pérdida de la fiesta del fútbol será quizás en las gradas, con una proyectada baja asistencia y aficionados enfrentando limitaciones a sus festejos, incluyendo la prohibición de cornetas y vuvuzelas.

Anuncios promocionales del Mundial de México 1986.

Anteriormente, el torneo conservaba la sensación de pertenecer al mundo entero sin distinciones, trayendo esperanza. Recuerdo que, durante el Mundial de México 86, muchos restaurantes y bares estrenaban la entonces nueva tecnología de “pantallas gigantes” para ver los partidos, convirtiendo estos lugares en espacios de armonía y convivencia. Asimismo, la Copa Mundial del 86 les servía a muchos habitantes de la Ciudad de México para sobrepasar emocionalmente las heridas profundas y el trauma del devastador sismo de 1985.

Ahora, lo que prometía ser el mundial de la unión arrancó con el pie equivocado.

Las vallas para proteger de manifestantes a monumentos en Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, lucen cubiertos con fotografías de desaparecidos y víctimas del crimen organizado.

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Luego de las controversias en Rusia 2018 y Catar 2022 tras señalamientos de discriminación y violaciones a los derechos humanos, un mundial con la alianza de las tres grandes naciones de América del Norte pintaba para regresarle a la copa de fútbol su esencia de paz y hermandad.

Pero la realidad resultó otra, marcada principalmente por el voraz imperialismo de la administración Trump y su Doctrina Monroe 2.0, en la que Estados Unidos mantiene bajo amenaza a sus vecinos. Y, como ocurre con frecuencia en los grandes eventos deportivos, la llegada del Mundial se convierte en oportunidad para abrir al mundo una vitrina exhibiendo los problemas sociales locales. 

En Canadá, las protestas se han enfocado en los desplazamientos de vivienda y conflictos internacionales. En Estados Unidos crece la preocupación por las políticas migratorias internas, las hostilidades bélicas en contra de Irán (cuyo equipo ni siquiera pudo hospedarse en EE.UU.) y el polarizante clima político.

México es el único país con tres mundiales varoniles en su historia, lo cual debiera sentirse como un motivo de fiesta y orgullo. Pero la nación vive bajo decepciones sociopolíticas y económicas. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que cedería su lugar en la inauguración del Mundial en su país a dos niñas mexicanas como una medida más de corte populista que de desdén, probablemente temiendo las rechiflas y abucheos que sus antecesores enfrentaron en mundiales pasados.

 
 

Una muestra de colectivos de artistas urbanos cen el Centro de la Ciudad de México desplegaba gráficas, carteles e impresiones en respuesta y crítica al Mundial 2026 de fútbol.

Capital en caos

Bastaba con caminar por la Ciudad de México a solo días u horas de la inauguración del mundial en su Estadio Banorte (antes Azteca y ahora, por órdenes de la poderosa FIFA, Estadio Ciudad de México) para presenciar la apuesta del Gobierno por la forma más que por el fondo. 
Entre los más sonados ejemplos de la superficialidad gubernamental, focos de burlas y sátiras en las redes sociales, está la saturación de la ciudad con pintura morada y pintas de ajolotes que el gobierno capitalino ordenó, más allá de inversiones en soluciones viales y de servicios públicos. 

Las remodelaciones exprés de la estación Hidalgo del Metro de la Ciudad de México han sido motivo de burla y quejas en las redes sociales.

También destaca la remodelación kitsch de la estación Hidalgo del Metro con candelabros que parecieran salidos del musical de La Bella y La Bestia y acabados que pretenden imitar mármol fino de un palacete virreinal, todo lo cual se colocaba a marchas forzadas. Mientras tanto, millones de pasajeros sólo quieren llegar a su destino empleando un sistema de transporte seguro, eficiente y que no se vuelva a descarrilar. 

Sobre el Paseo de la Reforma, una de las principales arterias de la ciudad, las cosas tampoco lucen como el Gobierno quisiera. Los monumentos se ocultan tras vallas antimotines cubiertas con fotografías de personas desaparecidas por el crimen organizado, recordando la herida abierta que la administración Sheinbaum no ha querido o podido atender. Esa misma avenida fue revestida con flores de cempasúchil a modo de reflejar la identidad nacional. Pero en una de esas tristes ironías tan mexicanas, las flores propias de las festividades del Día de Muertos se convierten en tributos silentes de aquellos en las fotos de las vallas que no logran aparecer.


Tampoco quiero parecer pesimista ni pecar de pusilánime. Quizá las protestas hallarán negociación y los aficionados disfrutarán. Y lo más importante: a pesar de todo, el fútbol conserva su esencia popular, algo que ni la FIFA ni los patrocinadores han logrado expropiar por completo. 


La capital mexicana vive una realidad compleja, muy distinta a la que el Gobierno quiere proyectar con eventos como “hacer la ola más grande del mundo”. 

La verdadera ola es una marea de carpas y tiendas de campaña en las calles del Centro Histórico de la ciudad. Los campamentos de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), el sindicato de maestros más grande y antiguo del país, mantienen su lucha por mejores condiciones salariales y pensiones en espera de que el gobierno los reciba, pero bajo la mirada de granaderos y policías.

 La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), el sindicato de maestros más grande y antigüo de México, acampa en las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México en protesta y ante el arranque del Mundial de fútbol en la ciudad.

A los campamentos en el centro se suman otras barreras producto del control omnipotente de la FIFA durante el torneo. Las cuadras circundantes a la plaza mayor del Zócalo están rodeadas con altas vallas, mientras que policías y funcionarios públicos sin identificación regulan quién pasa y quién no. Lo que se supone será uno de los Fan Zones más grandes del mundo para ver los partidos acaba pareciendo la privatización del espacio público. Y, en medio de todo esto, turistas hospedados en el área navegan las calles, confundidos y agobiados, esquivando estos y otros obstáculos, como los charcos y baches.

Alrededor del Estadio Ciudad de México, las obras avanzaban a marchas forzadas. El “Estadio Azteca” se reparó de forma exprés. Comerciantes y vendedores ambulantes alrededor observan, marginados y con incertidumbre, el lío que la Copa Mundial traerá. A las múltiples protestas que se vaticinan se espera también la de la Asociación de Titulares de Palcos y Plateas, que enfrenta una disputa legal con los dueños del inmueble ante las restricciones a su acceso al evento deportivo.

Una larga fila de gente trata de pasar por uno de los contados accesos regulados al Zòcalo de la Ciudad de México, en donde se preparaba el Fan Zone para ver partidos del Mundial de Fútbol en pantalla gigante.

De todos… todavía

A lo mejor parecerá que estoy idealizando de alguna forma el pasado. Pero también es cierto que los mundiales de antes transmitían algo diferente para muchos de nosotros. 

Tampoco quiero parecer pesimista ni pecar de pusilánime. Quizá las protestas hallarán negociación y los aficionados disfrutarán. Y lo más importante: a pesar de todo, el fútbol conserva su esencia popular, algo que ni la FIFA ni los patrocinadores han logrado expropiar por completo. 

 Un anuncio oficial destacando el triunfo del futbolista Pelé en el Mundial de México 70 se antepone a los grafitis de protestas a favor de Palestina y en contra de la gentrificación colocados sobre una valla de contención del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Habrá algarabía y esperanza. Muchos festejarán goles legendarios o llorarán dolorosas derrotas. La fiesta, de una forma u otra, seguirá siendo de todos. 

Sin embargo, no deja de haber cierta nostalgia por aquello que hubo, pero también  por lo que el Mundial de 2026 pudo y debió ser.

Rodrigo Cervantes es un periodista bilingüe y estratega en comunicación galardonado y con amplia experiencia en Estados Unidos y México, entre otros países. Ha colaborado con medios como NPR, CNN, The Los Angeles Times y la BBC. Dirigió el buró en México de KJZZ, fundando la primera oficina internacional de una emisora ​​de radio pública estadounidense. Fue editor general de la sección de Negocios de El Norte, parte de Grupo Reforma, uno de los principales grupos editoriales de México. En Georgia, EE.UU., dirigió la redacción de MundoHispánico, la publicación latina más antigua y de mayor circulación en el estado en ese entonces, perteneciente a The Atlanta Journal-Constitution. Su trabajo ha sido reconocido con premios Murrow de la RTDNA y José Martí de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP). Fue secretario de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ) y actualmente es co-director editorial de palabra, así como profesor adjunto en la Escuela de Periodismo y Comunicación W. Cronkite de la Universidad Estatal de Arizona (ASU). @RODCERVANTES