Entre ser observador y partícipe: él sigue al ICE por todo el país, temiendo al ser testigo de los operativos
Un agente federal apunta con un arma al periodista Nick Valencia (con chaqueta marrón) frente a un hotel, durante una protesta con cacerolazos en respuesta a las operaciones federales de control de inmigración en Minneapolis el domingo 25 de enero de 2026. (Foto AP/Adam Gray)
UN PERIODISTA LATINO INDEPENDIENTE Y EX CORRESPONSAL DE CNN REFLEXIONA SOBRE SU EXPERIENCIA AL ENFRENTARSE CARA A CARA CON LA RETÓRICA ANTIINMIGRANTE DESDE LOS ÁNGELES HASTA MINNEAPOLIS.
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Texto de Nick Valencia, @nickvalencianews
Editado y traducido por Rodrigo Cervantes, @RODCERVANTES.
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El tema migratorio me ha acompañado durante la mayor parte de mi carrera, quiéralo o no.
En las redacciones, suele ser el tema que te asignan cuando eres periodista latino, no por tu experiencia, sino por tu identidad. Eres latino, así que se espera que cubras temas de inmigración. Los editores rara vez lo dicen directamente, pero todos entienden la lógica. Es una buena "elección de reparto".
Y esa es la verdad, por dura que suene.
Hubo momentos en que cubrir inmigración tenía sentido para mí. Pero hubo quienes me preguntaban si realmente quería ser "un latino cubriendo a latinos".
Pasé años buscando deliberadamente historias que no tuvieran nada que ver con personas que se parecieran a mí, intentando demostrar que podía hacer algo distinto. Intentaba escapar del camino preestablecido que se había construido bajo mis pies.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Durante las últimas dos décadas, a lo largo de cinco administraciones presidenciales, he cubierto inmigración más de cerca que la mayoría de los periodistas en este país. He visto niños en jaulas. Informé sobre el trato que la administración Obama daba a menores no acompañados. He estado en la frontera innumerables veces, no solo cuando era políticamente conveniente. Y ahora, aquí estoy, documentando las consecuencias sociales y psicológicas de los agentes federales del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) que se despliegan por todo Estados Unidos una vez más.
En este momento, la política de deportación masiva del presidente Donald Trump es la historia que define nuestra época. Esto es cierto independientemente del color de nuestra piel, ya sea blanca o solo un tono más oscuro que la de nuestros vecinos. El trauma que se inflige no se limita a las comunidades latinas. Se irradia hacia afuera. Alcanza a amigos, aliados, compañeros de trabajo, compañeros de clase y vecinos. Afecta a las personas que nos quieren y a aquellas cuyas vidas se cruzan con las nuestras todos los días.
En los Estados Unidos de hoy, ese efecto dominó parece inevitable.
El 16 de junio de 2012, Myisha Areloano, Adrian James, Jahel Campos, David Vuenrostro y Antonio Cabrera acamparon frente a la sede de campaña de Barack Obama en Culver City, California, para protestar contra las políticas de inmigración del presidente Obama y con la esperanza de que emitiera una orden ejecutiva para detener las deportaciones discrecionales. (Foto AP/Grant Hindsley)
La respuesta habitual a la política de deportación masiva de Trump es numérica. El presidente Barack Obama deportó a más inmigrantes que casi cualquier otro presidente moderno, con estimaciones que oscilan entre 300,000 y 400,000 deportaciones al año (un total estimado de 3.1 millones de personas). El historial de Obama no está exento de reproches morales; su administración gestionó de forma deficiente la llegada masiva de menores no acompañados a la frontera y las deportaciones fracturaron familias.
Sin embargo, incluso en el momento de mayor número de deportaciones, no existía un ambiente evidente de crueldad institucionalizada, ni agentes encubiertos que actuaran como policía secreta, ni una campaña deliberada para aterrorizar a comunidades enteras y silenciarlas. Los agentes federales no ocultaban sus rostros como si fuera parte de su uniforme; no acechaban barrios como fantasmas. Y esa, más que cualquier estadística, es la diferencia entre la aplicación de la ley y algo mucho más siniestro.
Uno de los costos silenciosos de trabajar en una redacción de noticias convencional es que te filtran, o a veces suavizan, tus instintos en pos de lo que la institución mediática está dispuesta a defender. Hay historias que puedes contar y otras que ahí te motivan a enfocarte de manera "ligeramente" diferente. Con el tiempo, aprendes en dónde están los muros invisibles.
El 30 de enero de 2026, varias personas se congregaron a protestar frente al Ayuntamiento de Los Ángeles en un ”paro nacional" contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE). (Foto de Qian Weizhong/VCG vía AP)
Como periodistas, nunca queremos ser parte de la historia. Es una de las reglas no escritas de nuestra profesión. Pero los últimos siete meses han hecho que esa regla me parezca casi ingenua.
Lo que he aprendido es que, a veces, el mejor consejo que podemos seguir es el propio.
Durante años, les he aconsejado lo mismo a los periodistas más jóvenes: apuesta por ti mismo. Arriésgate, si realmente crees en tu trabajo. Esa convicción fue la que me llevó de operador de teleprompter a corresponsal en CNN. Y es así como ahora estoy utilizando mi propia experiencia, fuerza y esperanza para intentar liderar en este nuevo espacio mediático, en un momento en que mi comunidad está siendo abiertamente atacada y perseguida.
Esa claridad se afianzó por completo cuando Alex Pretti fue asesinado.
Ese día, fui uno de los periodistas más cercanos a la acción. Me sentía completamente inmerso y estuve reportando todo con el mismo iPhone con el que estoy escribiendo esta columna ahora.
Pasó una hora y media antes de que viera ahí una gran cámara de televisión; no porque no estuviera poniendo atención, sino porque así de cerca estuve del lugar de los hechos. Con solo un teléfono en la mano, intenté ofrecer a la gente una perspectiva que de otro modo no habrían tenido. No una perspectiva pulida. No una perspectiva distante. Una perspectiva humana, inmediata, sin filtros y honesta.
Fue entonces cuando lo entendí por completo: así es como se ve el periodismo independiente ahora. Ágil. Inmerso. Incómodo. A veces aterrador. A menudo solitario. Y absolutamente esencial.
Como periodistas, nunca queremos ser parte de la historia. Es una de las reglas no escritas de nuestra profesión. Pero los últimos siete meses han hecho que esa regla me parezca casi ingenua.
Esa nueva verdad se cristalizó la mañana del 23 de enero, antes de abordar un vuelo a Minneapolis. No se trataba de enfrentamientos ni de caos: me había encontrado en ese tipo de situaciones repetidamente en mi carrera y sé cómo manejarlas. Pero este miedo era más silencioso y más pesado. Era el miedo de conducir como un “hombre de color” por las calles de Minnesota durante la que hasta ahora es la mayor operación federal de inmigración en la historia de Estados Unidos.
Ese miedo no surgió de la nada. Tras siete meses viajando solo, contando historias en las que otros participan brevemente antes de seguir su camino, he estado en comunidades donde la aplicación de las leyes de inmigración ya no es una política abstracta, sino una realidad palpable. Lugares donde la línea entre la ley y el trauma prácticamente ha desaparecido.
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He estado intentando estar presente en "ese momento" porque existe un momento crucial. Esa constancia, más que cualquier otra cosa, se ha convertido en una parte fundamental del éxito de este trabajo. Genera confianza. Y la confianza es la moneda de cambio del periodismo.
Pero la realidad es que, cuando los sistemas que cubres empiezan a difuminar la línea que te separa al observador y el participante, o al periodista con el blanco de los ataques, no puedes elegir apostar por la neutralidad como se esperaba en las redacciones del pasado. Ahora eliges la presencia. Y sigues adelante.
Nunca quise ser parte de la historia. Pero, si esa historia alguna vez me alcanza, si los federales alguna vez vienen a por mí, ahora llevo una copia de mi certificado de nacimiento en la cartera. Eso es algo que no hacía hace un año. Porque ahora, en lo que respecta a la inmigración en Estados Unidos, siento que soy parte de la historia, me guste o no.
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Nick Valencia/palabra
Nick Valencia es un periodista veterano con más de dos décadas de experiencia como corresponsal de campo. En junio de 2025, después de 19 años en CNN, lanzó su propia empresa de medios. En cuestión de meses, obtuvo más de 50 millones de visualizaciones y se consolidó entre las principales plataformas de noticias del país, según el Centro de Investigación Pew. Originario de Los Ángeles, Nick comenzó a reportar para el periódico de su escuela secundaria a los 14 años. Es graduado de la Escuela Annenberg de la USC y recibió el primer premio "Sí Se Puede a la Excelencia en el Liderazgo" de la NAHJ, donde se desempeñó como vicepresidente y dos veces como presidente del capítulo de Atlanta. También fundó Latino Media All Stars, un club de corredores con más de 750 miembros, centrado en el bienestar de los profesionales de los medios. @nickvalencianews
Rodrigo Cervantes/palabra
Rodrigo Cervantes es un periodista bilingüe y estratega de comunicaciones con amplia experiencia en Estados Unidos, México e internacionalmente. Ha colaborado con medios como NPR, CNN, Los Angeles Times y la BBC. Cervantes dirigió la corresponsalía de KJZZ en la Ciudad de México, donde fundó la primera oficina en el extranjero de una emisora de radio pública estadounidense. También fue editor jefe de la sección de negocios de El Norte, parte de Grupo Reforma, la principal empresa periodística de México. En Georgia, dirigió la redacción de MundoHispánico, en ese entonces la publicación latina más antigua y grande del estado, bajo la dirección de The Atlanta Journal-Constitution. Su trabajo ha sido reconocido con los premios RTDNA Murrow y los premios José Martí de la Asociación Nacional de Publicaciones Hispanas (NAHP). Fue secretario de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ) y actualmente es codirector editorial de Palabra y profesor clínico adjunto en la Universidad de Arizona. @RODCERVANTES