Volver a la barra: las latinas que usan el ballet adulto para sanar su relación con el cuerpo

 

Nani Pacheco es una creadora de contenido que ha utilizado su amor por el ballet para crear contenido en redes sociales, para personas que están interesadas en comenzar ballet siendo adultos. Parte de su contenido incluye el formato de fotos y videos. Foto por Chrisianie “Nani” Pacheco

 

Mimi Alas escribe sobre su sueño de volver al ballet después de haberlo abandonado a los nueve años debido a inseguridades con su cuerpo. Lo que descubrió a los 29 años fue que su historia no era un caso aislado.


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Por Mimi Alas, @mimialasc


Son las 7:30 p.m. en la ciudad de Miami. El estudio de ballet poco a poco comienza a llenarse, hasta que somos 15 chicas en la clase, pero la experiencia de la clase empieza desde que entro a la academia. Veo fotos de bailarines, zapatillas, niñas corriendo de un lado a otro, esperando a sus padres para terminar su día de ballet. Las veo y cruza por mi cabeza que, hace más de veinte años, yo fui una de ellas.

Llego al estudio y estoy un poco nerviosa, sobre todo porque no tengo un leotardo, ni ropa de ballet. Es mi primera clase, y pensé que antes de comprometerme de lleno, quiero probar como me siento. Veo a otras mujeres y, para mi sorpresa, se ven de mi misma edad o mayores. Veo cuerpos diferentes: altas, bajas, algunas con curvas, otras con complexión más pequeña. No veo uniformes, pero aprecio que cada una a su manera se ha vestido cómoda para la clase. 

Las que muestran un poco más de experiencia comienzan a calentar y a estirarse. Me dedico a observar. Entra el profesor, un hombre en sus treintas, con una postura que denota que es profesional del baile, y muy amablemente nos avisa que la clase está por comenzar. Busco mi espacio en la barra, pero admito que una parte de mí tenía miedo; porque hasta hace poco, cada vez que me imaginaba la idea de volver al ballet, una frase aparecía en mi cabeza: 

“Pero ya estoy muy grande, es mi sueño frustrado”. 

Esa era la frase que solía repetirme cada vez que me encontraba cerca del ballet en cualquiera de sus formas: viendo un espectáculo, conociendo a una bailarina, o incluso en una conversación casual. El ballet fue de los primeros amores de mi vida. Mi primer encuentro con él no fue en un teatro o un estudio, sino frente a una pantalla, con la película “Center Stage”. 

Empecé mis primeras clases a los siete años. Y aunque me gustaba muchísimo, en aquella academia nunca terminé de sentir que pertenecía. Recuerdo haber notado, incluso a mi corta edad, que algunas niñas ocupaban más espacio que otras: las más delgadas, las que usaban las zapatillas o vestimentas más bonitas o las que parecían de un nivel social similar al de las maestras.

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Mimi Alas en su primera presentación de ballet a los 7 años.


Y luego estaba yo.

A mis orgullosos siete años, amante de la farándula y la música pop, con mi leotardo fucsia, mis zapatillas negras y barriga de bebé, comencé a sentir que había algo malo en mí, por el hecho de no encajar, de no tener amigas y, sobre todo, por sentir que mi cuerpo era diferente al de las demás. 

Desde los nueve años, cuando abandoné la disciplina, hasta mis 29, pensé en incontables ocasiones qué hubiera pasado si hubiera decidido seguir. Muchas veces lo relacionaba con mi cuerpo, y que quizás si hubiera seguido, mi cuerpo me gustaría más siendo adulta. Durante años, para mi era una tortura ir a centros comerciales o espacios públicos durante Navidad, porque siempre había shows de ballet, y para mi, verlos era un recuerdo de todo lo que no llegué a ser. 

Todo cambió a mis 29 años, cuando estaba pasando un proceso personal de deconstrucción: de dejar de medir mi valor a través de la validación masculina, de reconectar con las cosas que de niña me hacían feliz, y de decidir hacer cosas que a mi me hicieran feliz, y fue así como encontré clases de Ballet Adulto en el Miami City Ballet


Clase de ballet adulto en Miami. Foto: Mimi Alas.


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Mi historia no es única. En los últimos años, el ballet adulto ha dejado de ser una rareza, y se ha convertido en una puerta de entrada a esta disciplina para mujeres que no buscan una carrera profesional en el baile, sino una nueva relación con la disciplina, su cuerpo y el movimiento. 

Según Cameron Basden, directora general del Miami City Ballet School, son muchas las mujeres que llegan a estas clases buscando algo más que un entrenamiento físico. En el ballet, han encontrado un espacio para la creatividad, la expresión artística, el balance, la coordinación, y también una mejora en su estado emocional. A las clases abiertas de la academia llegan desde personas que nunca antes han puesto un pie en un estudio de danza, hasta ex bailarinas profesionales, que buscan reconectar con la disciplina desde otro lugar. 

Uno de mis miedos al comenzar clases era mi cuerpo. Aunque soy una mujer delgada, desde pequeña tuve la sensación de que mi cuerpo se vería ridículo haciendo ballet. Sin embargo, Basden indica que en el Miami City Ballet School, “no hay un estereotipo de cuerpo que estemos tratando de poner en el salón. El salón está realmente abierto para cualquiera que desee experimentar”, y añade que las clases están pensadas y posicionadas para cualquier edad, cualquier nivel de habilidad, cualquier tipo de experiencia y sin ningún prerrequisito. 


Clases de ballet adulto en Miami City Ballet


Lo que yo encontré en los salones del Miami City Ballet, otras mujeres lo han encontrado en distintos estudios y ciudades.

Para Chrisianie “Nani” Pacheco ese encuentro comenzó a los 18 años en Venezuela en su primera clase de ballet adulto, y tomó nueva forma cuando retomó el arte a los 24 años en otra academia en Miami. 

Pacheco también llegó al ballet con inseguridades sobre su cuerpo. Proveniente de un contexto cultural que valoraba la figura voluptuosa y con curvas, su delgadez la hacía sentirse fuera de lugar. Con el tiempo, hacer ballet le enseñó a valorar su cuerpo, no por como se veía, sino por todo lo que era capaz de hacer: volverse más flexible, más fuerte y aprender a disfrutar cada etapa. 

Para ella, practicar ballet le permite seguir descubriendo sus capacidades y no lo hace con el objetivo de unirse a una compañía profesional, aunque no descarta la posibilidad de participar en oportunidades escénicas no tradicionales. 

Para otras mujeres, el ballet adulto les ha permitido vivir experiencias que no tuvieron de niñas. Este fue el caso de Fernanda Figueroa, de 27 años, de Austin, Texas; el ballet adulto no solo le ha permitido mejorar la relación con su cuerpo, sino también crear recuerdos especiales junto a sus padres. “Mi mamá me compró mis primeros zapatos de punta, y creo que eso resonó algo en las dos. Fue algo que no hicimos cuando era niña, pero que pudimos hacer a pesar de que soy una mujer adulta”, cuenta.Para ella, practicar ballet le permite seguir descubriendo sus capacidades y no lo hace con el objetivo de unirse a una compañía profesional, aunque no descarta la posibilidad de participar en oportunidades escénicas no tradicionales. 

Para otras mujeres, el ballet adulto les ha permitido vivir experiencias que no tuvieron de niñas. Este fue el caso de Fernanda Figueroa, de 27 años, de Austin, Texas; el ballet adulto no solo le ha permitido mejorar la relación con su cuerpo, sino también crear recuerdos especiales junto a sus padres. “Mi mamá me compró mis primeros zapatos de punta, y creo que eso resonó algo en las dos. Fue algo que no hicimos cuando era niña, pero que pudimos hacer a pesar de que soy una mujer adulta”, cuenta.

 
 

Fernanda Figueroa es periodista de profesión, pero ha encontrado en el ballet, más que un hobby, una actividad que le ha permitido mantenerse activa, trabajar en su cuerpo y tener experiencias inolvidables. Foto por Fernanda Figueroa.


“Mi mamá me compró mis primeros zapatos de punta, y creo que eso resonó algo en las dos. Fue algo que no hicimos cuando era niña, pero que pudimos hacer a pesar de que soy una mujer adulta”.

Fernanda Figueroa, bailarina


La posibilidad de encontrar algo más profundo que la técnica también es parte de lo que Maca Giménez, bailarina principal del Miami City Ballet y profesora, identifica como uno de los regalos del ballet adulto. “Me siento plena y agradecida. En el ballet pasa lo mismo: hay técnica, hay disciplina y hay días en los que el cuerpo no responde igual, porque el cuerpo no es una máquina. Pero cuando estás agarrada de la barra, encuentras comunidad en tu clase, en tus compañeros y en los maestros que te acompañan. Con la música, es una manera muy especial de sentirse plena”, dice Giménez.

Esa idea de plenitud empezó a tener sentido, cuando entendí que haber regresado al ballet adulto también era una forma de reclamar mi historia: la de la niña que sentía que no pertenecía y la de una mujer que ha encontrado en el ballet un lugar propio. Un espacio donde se siente orgullosa de quien es, de como se ve, de su progreso y de la comunidad que ha construido a su alrededor. 


Mimi Alas es periodista de entretenimiento, escritora, productora de contenido y talento on-camera salvadoreña radicada en Miami. Ha construido su carrera contando historias de música y cultura pop a través de entrevistas, coberturas, contenido digital y trabajo frente a cámara, con un enfoque especial en la industria del entretenimiento y la comunidad latina.@mimialasc