“Necesitamos cuidados”

 

Collage de fotos por Yunuen Bonaparte. Fotos por Etienne Girardet, Nik Shuliahin y Dan Meyers, vía Unsplash.

 
 

La juventud que cruza la frontera necesita más que normas de seguridad laboral

Nota del editor: Este relato fue publicado como una colaboración entre palabra. y Reckon, una organización de noticias nacional que cubre a las personas que fomentan el cambio, los retos que definen nuestros tiempos, y lo que significa para todos nosotros.

En febrero, el New York Times publicó una investigacion que reveló una extensa “fuerza laboral oculta” de jóvenes migrantes que trabajan en fábricas estadounidenses donde se manufacturan productos de marcas domésticas comunes como Cheerios y Fruit of the Loom. Estos menores, que suelen llegar solos a Estados Unidos, trabajan horas agotadoras en condiciones peligrosas. Tras la investigación, la administración Biden formó un cuerpo especial encabezado por el Departamento de Trabajo para averiguar y tomar medidas en contra de las compañías que violan las leyes de trabajo infantil, y legislaturas estatales y federales en todo el país han iniciado investigaciones y pesquisas similares.

Aunque la conversación nacional se ha enfocado en las infracciones de los derechos del trabajador y las sanciones, Reckon habló con M, quien co-dirige programas de terapia en grupos para jóvenes inmigrantes recién llegados mediante La Puerta Abierta, una organización de servicios de salud mental informados por el trauma que atiende a la comunidad latinoamericana inmigrante en Filadelfia, Pensilvania. (M pidió mantener su identidad en el anonimato mientras pasa por su proceso legal de inmigración.)

M cruzó la frontera siendo menor de edad, y cree que se necesita una estrategia holística enfocada en el cuidado completo para solucionar los problemas sistémicos que enfrentan los menores no acompañados en los Estados Unidos.

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M como se lo relató a Reckon

Cuando llegué a Estados Unidos, pensé que iba a ser como los adolescentes americanos que había visto por televisión. Crucé la frontera con mi tía. Tenía 11 años y había llegado para reunirme con mi madre, a quien no veía desde los 6 años.

Cuando llegas a EE. UU. después de cruzar la frontera, te sientes como si fueras un pozo.  Cuando la gente ve un pozo, solamente ven la parte de arriba, un pequeño círculo. Saben que en el fondo hay agua, pero no saben cuán profundo es, o cuánta agua hay adentro.

Pero sientes que el pozo es tan profundo que llega hasta el fin del mundo, y no puedes decírselo a nadie.

Un problema sistémico

Ahora co-facilito sesiones de psicoterapia para menores no acompañados que cruzaron la frontera siendo niños, como lo hice yo hace una década.

Cuando estos jóvenes llegan a los Estados Unidos, suelen deber miles de dólares para pagar por su viaje por la frontera. Se ven obligados a trabajar largas horas mientras van a la escuela.

Las recientes medidas en contra de las compañías que utilizan el trabajo de menores en sus cadenas de suministro son un paso hacia adelante. Pero más allá de ser protegidos como trabajadores, debemos ser protegidos como seres humanos.

Algunos niños trabajan en fábricas. Otros lo hacen en restaurantes hasta tarde. Llegan a nuestras sesiones en grupo bostezando, y con ojeras. Muchos terminan sus jornadas laborales a las 2 a.m. y llegan a la escuela a las 7 a.m.


‘Mentía mucho. Mentía sobre mis orígenes, sobre mi crianza y sobre cómo llegaron mis padres a EE. UU. Me convertí en una persona totalmente distinta para encajar’.


Si no pagan sus deudas, sus familiares en sus países de origen están en peligro de ser asesinados, o algo peor. Las personas que te ayudan a cruzar la frontera te infunden ese miedo durante todo el viaje. 

Estamos hablando de problemas sistémicos, y el sistema completo debe cambiar para realmente poderlos solucionar.

¿Cómo luciría el cuidado holístico para jóvenes como yo? Apenas el año pasado llegaron 130,000 menores no acompañados a los Estados Unidos. Asistimos a escuelas secundarias del país, lavamos platos en restaurantes locales y estamos tratando de hallar cómo echar raíces en un nuevo país. La mayoría de nosotros no tenemos acceso a abogados y nos encontramos en un limbo legal mientras pasamos por el costoso proceso de solicitar asilo, el cual suele tomar años. Muchos somos de comunidades rurales y hablamos idiomas indígenas.

Todos llevamos trauma.

Mi viaje

Mi viaje a Estados Unidos fue de mes y medio. Algunos días caminábamos hasta 10 millas. Otros pasábamos horas en autobuses. No había descanso, porque a todo momento nos preocupaba que alguien nos sorprendiera. Imagínate llegar hasta México, solamente para bajar la guardia por tres segundos y que te manden a casa, o algo peor.

A veces los traficantes nos daban medicamentos a los niños para que estuviéramos callados. Fue traumatizante. Ese mismo año, cuando trataron de vacunarnos en la escuela, tuve un ataque de pánico, y nadie sabía por qué. Y no podía contarles.

Tenía todo tipo de detonantes.

Todavía me asusto cuando escucho que alguien se me acerca por detrás. Cuando la gente me trata de abrazar, mi reflejo inmediato es levantar los puños o enojarme.

En casa estallaba. Fue difícil establecer una relación con mi mamá porque sentía que ella nunca podría entender lo que me estaba pasando.

Mentía mucho. Mentía sobre mis orígenes, sobre mi crianza y sobre cómo llegaron mis padres a EE. UU. Me convertí en una persona totalmente distinta para encajar. Me obligué a dejar de hablar español en el 7mo grado, y traté de cambiar mi apariencia para verme más “estadounidense”.

Pero sentía que era imposible continuar con mi existencia con una sonrisa.

Estudiantes en un salón de clases. Foto de Matej Kastelic, vía Shutterstock.

Enfrentando al monstruo en la oscuridad

Para mediados del 7mo grado había caído en una profunda crisis interna y comencé a autolesionarme.

Cuando mis maestros se enteraron, les preocupaba que me fuera a suicidar. La escuela me ordenó a reunirme una vez por semana con un consejero de La Puerta Abierta (LPA), una organización que le brinda servicios de salud mental gratuitos a la comunidad latinoamericana en Filadelfia que no puede recibir seguro médico debido a su estatus legal.

Eventualmente participé en el programa de terapia grupal con otros jóvenes inmigrantes recién llegados, donde ahora trabajo como mentor.

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Al principio no hablaba. Lo detestaba. Pensaba que la terapia era para los locos y que era una pérdida de tiempo.

Pero cuando escuché a los demás hablar de sus experiencias, dentro de mí se abrió una ventana. Nuestras historias eran todas parecidas. Todos éramos niños, haciendo un viaje peligroso al norte sin saber lo que iba a suceder después. Ahora que todos habíamos llegado a Estados Unidos, simplemente estábamos luchando por sobrevivir.

El grupo me ofreció el apoyo que necesitaba para comenzar a procesar lo que me había sucedido. Era una labor que daba miedo. Se sentía como si hubiera un monstruo al acecho en la oscuridad que había estado ignorando desde que tengo uso de memoria. Pero con la ayuda del grupo, en cierto momento comencé a sentir que si alguien me atacaba, había gente que me respaldaría.

Somos más que víctimas

Lo que quiero que la gente sepa es esto: No somos sólo víctimas, y no somos sólo nuestra labor. Somos personas que hemos pasado por cosas sumamente traumatizantes, pero somos fuertes y tenemos gran motivación. 

No sólo somos fuertes porque trabajamos duro. Somos fuertes emocionalmente. He visto a personas jóvenes hablar de cosas que habían ocultado dentro de sí mismas durante toda la vida. Es profundamente valiente.

Imagínate que llevas mucho tiempo ahogándote en medio del mar. Y un día ves una luz a la distancia. Estar en ese mar es aterrador. Y ver esa luz también te da miedo porque te acostumbraste a estar en la oscuridad. Nadar hacia esa luz requiere esfuerzo: Ser vulnerable y confiar significa nadar contra la corriente. Pero una vez que tienes el apoyo para finalmente alcanzarla, puedes tomar el respiro más hondo de tu vida.