El hombre que convirtió los desechos de Nueva York en memoria

 

Nelson Molina ha recogido, curado y puesto en exhibición piezas de la basura de Manhattan. Crédito: Sophia Castillo

 

Nelson Molina convirtió 55.000 objetos descartados en una galería única en East Harlem. Tras su cierre durante la pandemia, la ciudad no define su futuro y su creador teme que todo termine donde empezó: en el olvido.

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Por Sophia Castillo, @irrelevantehh

NUEVA YORK — Entre la calle 59 y la 96 del Upper East Side, Nelson Molina aprendió que Nueva York es, en el fondo, una ciudad de una generosidad involuntaria y obscena. Ahí, donde los edificios tienen porteros con guantes blancos y los perros usan abrigo en invierno, la gente tira cosas sin abrir. Sábanas en su empaque original, televisores y juegos de cocina completos. Una vez Molina encontró un juego de maletas de cuero apiladas en la acera, como si alguien hubiera decidido, de golpe, no volver a viajar.

Durante 34 años Nelson fue recolector de basura del Departamento de Sanidad de Nueva York y aprendió temprano que en realidad tenía dos trabajos: uno que la ciudad le pagaba y otro que se impuso él solo. “Si lo encuentro en la calle, alguien siempre lo puede usar”, decía. Mientras sus compañeros que trabajaban recogiendo basura veían bolsas, peso y descarte, él veía una guitarra eléctrica que todavía funcionaba, un jarrón de porcelana intacto o un retrato de familia al que solo le faltaba un clavo en la pared.

Nelson Molina es la mente detrás de ‘Treasures in the Trash’. Crédito: ‘Treasures in the Trash’ / Instagram

Hoy en día en este espacio solo quedan los recuerdos de lo que alguna vez fue una galería popular para turistas y neoyorkinos.  Crédito: Sophia Castillo

Molina nació en East Harlem en 1953 y creció en los proyectos Jefferson, a pocas cuadras del garaje donde décadas después guardaría sus tesoros. Entró al Departamento de Sanidad el 6 de julio de 1981 — recuerda la fecha como quien recuerda su propio cumpleaños— y desde el primer día supo que ese trabajo era perfecto. 

Su madre le enseñó casi todo. “Nunca tiraba nada”, recuerda. “Si podía arreglarlo, lo arreglaba. Y si ella no podía arreglarlo, nadie podía”. Nelson es el tercero de seis hermanos y tenía nueve años cuando esa lógica se le instaló para siempre. Antes de Navidad salía a buscar juguetes rotos, los reparaba y se los daba a sus hermanos. “Para ellos era como Santa Claus. Cada vez que salía, sabían que volvía con algo”. Así que cuando empezó a trabajar y vio la cantidad de cosas perfectamente útiles que se desechaban cada día en Manhattan, no dudó. Las separó, las guardó, las arregló y, sin proponérselo, empezó a construir algo.

Al principio eran cajas apiladas en una esquina del garaje del Departamento de Sanidad en East Harlem. Luego estantes improvisados. Después, habitaciones enteras. Hasta que un día alguien subió las escaleras y dijo lo que nadie le había dicho antes: Eres un curador. Nelson no se había dado cuenta, pero llevaba años organizando caos. No estaba acumulando objetos, estaba contando una ciudad.

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“Treasures in the trash” tenía un rincón para juguetes, otro para herramientas, otro para recuerdos que nadie fue a buscar. Según Molina, son cerca de 55.000 objetos que ha terminado recogiendo. Un tasador llegó a decirle que todo eso podría valer entre 60.000 y 70.000 dólares. Él nunca vendió nada. 

Ronnie Cooper, trabajador de sanidad con 31 años de carrera entre el Bronx y Manhattan, y excompañero de Molina, recuerda bien lo que era llegar al garaje y ver la colección. “En cuanto cruzabas la puerta, era como: wow, esto es increíble”, dice.

El segundo piso de la galería aún alberga algunas piezas de lo que rescató Molina. Crédito: Sophia Castillo

Un olfato detectado

Molina desarrolló algo parecido a un sexto sentido. Dice que podía escuchar cuando había algo valioso dentro de una bolsa negra. Que al levantarla, el peso, el sonido, la forma en que se movía le daban pistas. “Puedo escucharlo, puedo sentirlo… sé que hay algo adentro”. Y efectivamente, siempre había algo adentro.

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A veces ha encontrado joyas, osos de peluche de colección o un jarrón intacto valorizado en miles de dólares que alguien había envuelto con cuidado antes de desecharlo. “En otros países usan las cosas hasta que no dan más”, dice. 

El Upper East Side era su Disneyland. Ahí era donde encontraba su mejor cosecha. “Estoy constantemente jammed”. Como si esa parte de la ciudad produjera más basura de la que podía sostener.

La otra cara de la moneda

“Sanitation es un trabajo sumamente peligroso”, explica Molina. Una vez, un parachoques salió volando en un accidente y le golpeó las piernas. Un pedazo de madera que le explotó en el pecho al compactar una mesa. Vapores tóxicos. Ácido. Pintura. Cosas invisibles que también se tiran.

Después del 11 de septiembre de 2021, esa invisibilidad se volvió mortal. Molina narra que estuvo cinco días en Ground Zero. Barría el polvo que dejó el atentado sin protección real, apenas una mascarilla de papel. “Nos dijeron que la calidad del aire no era mala. Era mentira”. 

Nadie habla de los trabajadores de sanidad cuando se recuerda ese momento, dice Molina. Nadie los nombra como héroes. Pero él sí recuerda.


Molina’s Last Day - Así fue como se despidió Nelson luego de trabajar más de 30 años en el Departamento de Sanidad en 2015. Crédito: Nelson Molina


Despedirse de lo que amas

“Este es mi último día. La última vez que me subiré a este camión”. Así se despidió Molina aquel 28 de abril de 2015 en un video donde él mismo se grabó. Pero este proceso no fue fácil. Molina desarrolló el síndrome de separación laboral. Levantarse sin saber qué hacer después de 34 años de movimiento constante. Su esposa lo llevó a terapia. Lo acompañó a caminar, al gimnasio, a andar en bicicleta. “Mi esposa siempre estuvo ahí”. 

El museo también estaba ahí, pero ya no era lo mismo. No ir todos los días, no encontrar cosas nuevas, no sentir ese pulso de la ciudad en las manos. Aun así, nunca dejó de recolectar. “Siempre está recogiendo cosas y arreglándolas, incluso ahora”, cuenta Myra, su esposa y quien está a su lado desde hace 44 años. 

Molina tiene seis hijos. Ninguno heredó su obsesión, aunque todos saben que si algo se rompe, hay una sola persona a quien pueden acudir.

Nelson Molina con su hijo Nelson Molina Jr, quien hoy en día tiene el cargo de teniente en el Departamento de Sanidad. Crédito: Nelson Molina

De la fama a la incertidumbre

El museo cerró sus puertas en 2020, durante la pandemia. Desde entonces, sigue ahí, suspendido. Nadie sabe exactamente qué hacer con él. Ni la ciudad, ni el departamento, ni él mismo.

“La parte del garaje que alberga esta colección no es estructuralmente segura y, por lo tanto, ha estado cerrada al público en los últimos años”, respondió Vincent Gragnani, secretario de prensa de la Oficina de Asuntos Públicos del Departamento de Sanidad, al consultarle sobre el futuro de esta colección. 

Molina visita el garaje con frecuencia, pero el espacio cuenta una historia distinta. La colección permanece casi a oscuras, cubierta con láminas de plástico. Las filtraciones de lluvia desde el techo obligaron a los trabajadores a colocar baldes por toda la sala. Una gruesa capa de polvo lo cubre todo. Los objetos han sido arrinconados y apilados en una esquina del segundo piso, como si estuvieran esperando una decisión que aún no llega.

Molina quisiera un lugar abierto al público. Algo oficial. “Que la gente venga y vea todo lo que hay”, dice. Y ahora hay una pregunta que se instala, incómoda, entre los objetos: ¿qué va a pasar cuando él no esté?

“No creo que sobreviva”, admite. No lo dice con dramatismo, sino con la precisión de alguien que sabe cuánto trabajo invisible sostiene todo eso. El museo no es solo lo que contiene. Es la mirada que lo ordena.

 
 

Sophia Castillo es periodista bilingüe de Lima, Perú, con 10 años de experiencia. Actualmente reporta comunidades latinas desde la ciudad de Nueva York, donde estudia su maestría en periodismo bilingüe en Craig Newmark Graduate School of Journalism de CUNY.