Construyendo un futuro prometedor

 

El becario de A-lab Daniel Tran (izquierda), guía a los estudiantes durante el resto de la clase. Tran lleva a los estudiantes paso a paso a través de la creación de montajes digitales en la computadora. Foto de Zaydee Sánchez para palabra.

 
 

Un programa de secundaria en Los Ángeles lleva a los estudiantes al cambiante mundo de la arquitectura

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Antes de unirse al programa de preparación de arquitectura en la Universidad del Sur de California en su primer año de secundaria, Elida Mejía Elías planeó estudiar salud y convertirse en doctora. No sabía lo que era ser arquitecta y su única experiencia en diseño era reorganizar los muebles de su habitación. Pero entonces pasó por el programa A-Lab de la USC y todo cambió.

“A-Lab me influenció hasta hoy en día. Abrió mi mente para ver que hay más de lo que podría estudiar. Podría tener una oportunidad en ese campo”, dice Mejía Elias, actualmente estudiante en su  último año en el centro de aprendizaje James A. Foshay en Los Ángeles.


‘La profesión se está dando cuenta de que nosotros, como arquitectos, somos constructores del mundo y curadores culturales’.


Mejía Elias espera noticias sobre sus solicitudes para la universidad. Como la primera de su familia en ir a la universidad, Mejía Elías está pensando en obtener una licenciatura en diseño de interiores. Y después de la experiencia de A-Lab, muchos de sus compañeros de clase también están dispuestos a estudiar arquitectura en la universidad.

Eso distingue a Mejía Elías y sus compañeros de clase de A-Lab de la mayoría de los estudiantes de color: pocos siguen carreras en arquitectura o diseño, y mucho menos lo consideran una opción de estudio universitario. Si bien profesiones como la medicina y el derecho han progresado en la incorporación de estudiantes de color a programas educativos preprofesionales y en el lanzamiento de carreras, la arquitectura se queda atrás.

Mientras Elida Mejía Elías y su hermana menor, Génesis, hacen la tarea en su habitación, sus sobrinos juegan con el altavoz inteligente, Alexa. Foto de Zaydee Sánchez para palabra.

La mayoría de los miembros del Instituto Estadounidense de Arquitectos (AIA, por sus siglas en inglés) son anglosajones, según una encuesta de 2021. Solo el 5.6% de los miembros de AIA son hispanos; poco menos del 7% son asiáticos; el 2.3% son afro americanos; y menos del 1% se identifica como indígena o del Oriente Medio/África del Norte. Programas como el USC A-Lab tienen como objetivo cambiar el sector demográfico del campo.

“La profesión se está dando cuenta de que nosotros, como arquitectos, somos constructores de mundos y curadores culturales. Si vamos a hacer eso, tenemos una responsabilidad que hemos estado pasando por alto durante siglos: velar por aquellos que no tienen inmensos recursos o privilegios extremos”, dice Kendall A. Nicholson, directora de investigación e información de la Asociación de Facultades de Arquitectura (ACSA, por sus siglas en inglés). “Cuando vemos la fuente para las personas afro americanas, indígenas, latinas, y asiáticas, es muy pobre”.

Camino difícil para cambiar las cosas como están

¿Por qué los números son tan bajos? Los defensores del cambio señalan el costo de un título en arquitectura, el camino difícil para obtener una licencia, la falta de modelos de color a seguir, y la inexperiencia con el alcance de las posibilidades de carrera en las profesiones de arquitectura y diseño. La investigación de Nicholson encontró que, en comparación con sus compañeros anglosajones, los estudiantes de color se preocupan más por el costo de un título y los bajos salarios en arquitectura, en relación con otras profesiones.

Las iniciativas de colaboración de la escuela secundaria como A-Lab de la USC y programas similares en la Universidad de Michigan y la Universidad de Princeton prometen aumentar los números. Entre los graduados de la colaboración de la Universidad de Michigan con las escuelas públicas de Detroit, muchos obtienen títulos en arquitectura, ingeniería, y artes, según Milton S. F. Curry, quien ayudó a desarrollar el programa de Michigan cuando era decano asociado allí. Después de comenzar un período de cinco años como decano de la facultad de arquitectura de la USC en 2017, Curry forjó una colaboración similar con el distrito escolar de Los Ángeles.

Dra. Lauren Matchison, profesora de práctica en la USC y directora de programas universitarios. Foto de Zaydee Sánchez para palabra.

El programa A-Lab es solo una iniciativa destinada a diversificar las filas de los estudios universitarios de arquitectura.

 “Se necesitaron mensajes, mercadeo, reclutamiento, y también acciones”, como revisar el plan de estudios y reclutar miembros diversos de la facultad, dice Curry, quien supervisó el crecimiento en la participación de estudiantes de color. El porcentaje de estudiantes universitarios afroamericanos de arquitectura casi se duplicó del 4.2 % al 8% de la población de la facultad entre 2017 y 2022. La población latina también aumentó, del 15.4 % al 26%.

Cómo funciona A-Lab

En el programa de la USC, los estudiantes locales estudian arquitectura con profesores de la USC durante tres horas diarias cada semana en la mañana, en lugar de dos clases de secundaria. Aprenden a ver el mundo que los rodea de manera diferente, desde pequeños objetos que dibujan en detalle hasta los edificios y las comunidades por las que viajan cada día. Diseñan y construyen modelos arquitectónicos. Y se reúnen con profesionales de la arquitectura en el recinto de la USC y en viajes a firmas locales.

Una reunión importante es el tiempo con Ernesto M. Vásquez, propietario y director ejecutivo de SVA Architects en Santa Ana, que se enfoca en viviendas asequibles para personas de ingresos mixtos en centros urbanos y recintos universitarios. Cuando Vásquez habla con los estudiantes, su objetivo es ampliar su perspectiva sobre la arquitectura, más allá de la profesión estereotipada de caballeros que construyen casas grandes para gente rica. Su firma diseña viviendas para profesores y estudiantes, viviendas sobre clínicas o bibliotecas, y otros edificios creativos de uso mixto que satisfacen las necesidades de las comunidades desatendidas. Eso ayuda a que el campo sea relevante para muchos estudiantes hispanos y latinos.

Esa experiencia convenció a Mejía Elías de seguir una carrera de diseño o arquitectura y tener un impacto duradero en el medio ambiente, siguiendo el ejemplo de Vásquez de contribuir a la comunidad latina. “Su familia no tenía nada” cuando él era joven, explica Mejía Elías. “Me hizo ver que algún día puedo ser como él”.

En Estados Unidos, su madre inmigrante tiene poca riqueza. Pero pudo comprar una casa grande en El Salvador, en una comunidad agrícola donde Mejía Elías vivió cuando era niña. Su madre diseñó la casa ella misma. “Ver la arquitectura y la gente sin dinero construyéndola, y he visto a mi familia hacerlo, se ve realmente hermoso”, dice. “Ella tuvo la oportunidad de mejorarlo y ayudar a otras personas que trabajan allí”.


'Me enseñaron que es mucho más que simplemente dibujar líneas’.


El hermano mayor de Mejía Elías trabaja en la construcción, por lo que pudo ayudarla con sus proyectos de A-Lab. Ahora siente la obligación de triunfar y no defraudar a su familia. “Es mucha presión para no fallarles y hacer las cosas bien. Tienen muchas expectativas altas de mí”.

Mejía Elías ya está poniendo en práctica su experiencia en diseño: ha renovado la habitación que comparte con su hermana de ocho años, pintándola de rosa y azul y colocando luces para crear algunas "vibras femeninas". Mientras espera noticias sobre su futuro universitario, pasa el tiempo estudiando, arreglando su automóvil y trabajando en el servicio de atención al cliente y ventas para una compañía telefónica.

Estudiantes universitarios de primera generación

Los grupos raciales y étnicos viven obstáculos únicos hacia la educación universitaria y en las carreras de arquitectura. Nicholson de ASCA estudió la diversidad en la profesión y descubrió que los estudiantes latinos tienen menos probabilidades de tener un padre o una madre que fue a la universidad, en comparación con los estudiantes anglosajones, asiáticos, afroamericanos, y multirraciales. “Hay muchas cosas que solo entiendes al haber ido a una universidad. Eso, en sí mismo, se convierte en una barrera”, comenta.

El programa A-Lab recluta estudiantes de tercer año de dos escuelas secundarias de Los Ángeles, el centro de aprendizaje Foshay y la preparatoria Washington, con un promedio académico requerido de 3.0 y experiencia en geometría. USC inscribe una clase de Foshay en el otoño y una de Washington Prep en la primavera, con una meta de 14 a 16 estudiantes en cada una. Los estudiantes tienen la oportunidad de ver cómo se vive en el icónico recinto de la USC. Obtienen créditos de cursos universitarios al graduarse. Y consiguen una ventaja con un portafolio que puede mejorar una solicitud de ingreso a la universidad.

Debido a la composición de la comunidad, los estudiantes de A-Lab tienden a ser en su mayoría afroamericanos o hispanas, dice Lauren Matchison, profesora asociada de práctica y directora de programas universitarios de la facultad de arquitectura de la USC. "Nos dirigimos a estudiantes no tradicionales y poco representados ... Parte de lo que nos comprometemos con ellos es la ayuda durante el período de solicitud".

Mejía Elías dice que sintió ese apoyo durante todo el proceso de solicitud de ingreso a la universidad. Matchison ayudó con los comentarios sobre sus solicitudes, sugirió programas de verano, la alertó sobre oportunidades de becas, y le proporcionó un entrenador de solicitud universitaria. Incluso después de sus estudios en A-Lab, Mejía Elías continuó reuniéndose con Matchison, quien visita el recinto de Foshay semanalmente para asesorar a los estudiantes sobre planes universitarios y profesionales, y establece vínculos con ellos a través de compartir donas. “Tengo una relación cercana con la Sra. Matchison hasta el día de hoy”, comenta Mejía Elías.

Desmitificando las universidades privadas

Otra estudiante de secundaria de Los Ángeles, Ashley Neponuceno, planeó asistir a un programa de colegio comunitario de dos años antes de solicitar a una universidad de cuatro años. Al igual que Mejía Elías, sería la primera de su familia en ir a la universidad.

Pero después de exponerse a USC a través de A-Lab y con el apoyo de su facultad, solicitó a tres universidades privadas y varios recintos de la Universidad de California. El cambio en los planes universitarios surgió a partir de la información y el asesoramiento de Matchison y su equipo sobre solicitudes, becas, y ayuda financiera.

Neponuceno dijo que se sintió alentada al saber que las universidades privadas aceptan estudiantes por una variedad de razones, algunas de las cuales pueden ser idiosincrásicas o estar fuera de su control. “No significa que no seas digna de ellos”, si no entras, dice. “Estoy más decidida a ir (directamente) a una universidad de cuatro años y tumbarlo todo”.

Elida Mejía Elías con su madre, Emérita, su hermano mayor, Adonay, y su hermana menor, Génesis, en su casa de Los Ángeles, Ca. Foto de Zaydee Sánchez para palabra.

El A-Lab llega más lejos, dice el arquitecto Vásquez. Invitar a las familias de los estudiantes al recinto universitario hace una diferencia en su manera de pensar acerca de la universidad.

“La familia viene a dar la bendición para que el hijo o hija estudie”, dice, y señala que él tuvo una experiencia similar al reclutar estudiantes universitarios de primera generación en su alma máter, la Universidad Estatal Politécnica de California (conocida por Cal Poly en inglés). “Los padres dicen: ‘Mi hijo y mi hija nos están ayudando con las cuentas’ . . .  Los jóvenes también sienten presión, porque creen que es demasiado egoísta querer ir a estudiar y alejarse de sus padres”.

En Washington Prep en Los Ángeles, Danna Pineda-Ortiz era una estudiante de tercer año interesada en arquitectura, pero con poco conocimiento del campo. El año pasado, un maestro sugirió A-Lab. “Me demostraron que es mucho más que simplemente dibujar líneas”, dice Pineda-Ortiz, quien ahora espera estudiar arquitectura y psicología en la universidad. “Hay que tener en cuenta lo que quiere la persona que está construyendo la estructura, lo que quiere sentir cuando entra en ese espacio, lo que quiere ver y el significado que tiene para ellos”.

Sembrando para el éxito universal

En el seminario A-Lab, los estudiantes suelen someterse a críticas exhaustivas de sus diseños y proyectos. Las evaluaciones pueden ser desgarradoras. Pero Pineda-Ortiz apreció caminar por el salón, ver el trabajo de sus compañeros de clase y escuchar a cada persona explicar sus diseños; fue parte del vínculo que los estudiantes lograron durante el programa. “No solo estás aprendiendo sobre un plan de estudios diferente, también estás aprendiendo a comprender mejor a tus compañeros de equipo y a tus otros compañeros, aprendiendo sobre sus ideas, viendo cuál es su visión del mundo”, dice ella.


‘Me mostró que sin importar de dónde seas o dónde hayas comenzado, tienes la oportunidad de llegar a otras personas y presentar tus ideas’.


Los participantes seleccionados también presentaron en una reunión de la ASCA, que la USC organizó el otoño pasado. Pineda-Ortiz recuerda estar parada en medio de cuatro de sus compañeros de clase, frente a unas dos docenas de profesores de arquitectura, decanos, y estudiantes de todo el país. Se sentía nerviosa y no sabía qué hacer con sus brazos. Luego vio a Milton Curry, a quien el grupo había conocido a principios de año, y comenzó a relajarse. Miró la tarjeta de notas donde había escrito sus puntos clave y respiró hondo. Recuerda sentir una energía de apoyo de los compañeros de clase que estaban a su lado cuando comenzó a hablar. Un minuto después de su presentación, alguien hizo una pregunta y la conversación la ayudó a relajarse. Dijo que no necesitaba sus notas y que la experiencia le dio una confianza duradera para presentar y defender su trabajo.

Danna Pineda-Ortiz está esperando recibir noticias de las universidades a las que espera ir en el otoño. Mantiene su enfoque en la USC, donde espera ir. Foto de Zaydee Sánchez para palabra.

"Me mostró que sin importar de dónde seas o dónde hayas comenzado, tienes la oportunidad de llegar a otras personas y presentar tus ideas", dice, y agrega que después de hablar, conoció al decano de arquitectura de Cal Poly, quien estuvo en el público. “Realmente no hay razón para estar nerviosa”.

Hablar en público y recibir comentarios en persona son parte de la experiencia de A-Lab. Ayuda a preparar a los estudiantes para la universidad y la vida después de terminar la carrera universitaria. “Lo que sucede es una transformación tremenda”, dice Matchison, recordando cómo Pineda-Ortiz describió compartir su aprendizaje del curso con su madre. “Ella está experimentando algo que está compartiendo con su familia y siente que está empoderando o enseñando a su propia madre. Esas experiencias que amplían el horizonte son el producto intangible pero increíblemente poderoso de A-Lab”.

Sin duda, una mayor diversidad en el portafolio de estudiantes no solucionará el problema demográfico de la arquitectura. Muchos graduados en arquitectura dejan el campo después de graduarse, durante el proceso de obtención de la licencia y en cada etapa de la profesión. Y, en todos los niveles, la representación latina se reduce notablemente. Los latinos son aproximadamente el 18.5 % de los residentes de Estados Unidos, aproximadamente lo mismo que el 17.2 % de los estudiantes latinos que se gradúan con un título en arquitectura, encontró la investigación de Nicholson. Pero los latinos representan solo el 8.7% de la facultad de arquitectura y el 6.5% de los ganadores de premios de arquitectura.

Los números apuntan a la necesidad de soluciones integrales, como reconsiderar el plan de estudios de arquitectura, crear culturas más inclusivas en las firmas profesionales, y una mejor conciencia de las fortalezas únicas que las personas de color aportan a la arquitectura, dice. “En los estudios, vemos programas y proyectos que no necesariamente resuenan con las comunidades de donde venimos como personas de color”, dice Nicholson. “Las escuelas están reconociendo que no podemos decir que servimos la salud, la seguridad,  y el bienestar del público si solamente servimos a una parte muy pequeña de ese público”.


La investigación para este reportaje fue apoyada por la beca O’Brien sobre periodismo de servicio público O’Brien Fellowship in Public Service Journalism en la Universidad de Marquette.

Katherine Reynolds Lewis es una galardonada periodista de asuntos sobre ciencia donde cubre temas relacionados con niños, salud conductual y mental, educación, raza, género, discapacidad, y temas relacionados para la revista Atlantic, el New York Times, Undark, y el Washington Post, entre otros. Su libro, The Good News About Bad Behavior, surgió de la historia más leída de Mother Jones. Graduada en física de Harvard, Katherine es la fundadora del Instituto para Periodistas Independientes (IIJ, por sus siglas en inglés)  y ex corresponsal nacional de Newhouse y Bloomberg.

Rachel Ryan es productora digital de noticias Spectrum News 1 en Milwaukee, donde edita y escribe notas para el Internet, supervisa las redes sociales, la aplicación, y más. También fue becaria en el Milwaukee Journal Sentinel, escribiendo artículos sobre empresas locales y asuntos sobre la ciudad. Ha trabajado en varias investigaciones periodísticas de largo plazo; uno sobre la importancia de apoyar el cuidado de las comadronas para obtener resultados positivos en la salud materna, y otro centrado en la equidad en el desarrollo profesional en el campo de la educación. Tiene una bachillerato en comunicación de la Universidad de Wisconsin Oshkosh y una maestría en estrategias de comunicación digital de la Universidad de Marquette.

 
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